Los tiempos cambian. En su tiempo estaba bien visto "acercarse a Dios" mediante la tortura del propio cuerpo, flagelándolo, hundiéndolo voluntariamente para forzarlo a la enfermedad, ya que consideraban el sufrimiento como divino y que acercaba a Dios.
Actualmente (sobre todo en los últimos doscientos años) hemos tendido a "maquillar" las biografías de personas antiguas, omitiendo los actos que dan asco en la época actual. Estas biografías "edulcoradas" sin duda son más agradables de leer, pero no deja de ser interesante (como dato histórico) conocer el lado oscuro de algunas de estas vidas.
En este sentido son interesantes libros como "Des saintes coprophages", de Gilles Tétard, libro que no está publicado en español, que yo sepa.
De que el masoquismo religioso tuvo un gran auge en su día, pocas dudas caben. Pero para comprender hasta qué punto era así, dejo unas breves pinceladas extraídas del libro "Nuestro lado oscuro", de Élisabeth Roudinesco:
Margarita María Alacoque (1) afirmaba ser tan delicada que la menor suciedad le revolvía el estómago. Sin embargo, cuando Jesús la llamó al orden, para limpiar el vómito de una enferma no se le ocurrió otra cosa que convertirlo en su alimento. En otra ocasión se introdujo en la boca los excrementos de una disentérica y subrayó que aquel contacto suscitaba en ella una visión de Cristo que la mantenía con los labios pegados a su herida: «Si tuviera mil cuerpos, mil amores, mil vidas, las inmolaría por seros sometida». (2)
(1) Santa Margarita María Alacoque (1647-1690): salesa francesa conocida por sus profundos éxtasis místicos vividos sobre todo en el convento de Paray le Monial.
(2) Nicole Pellegrin, «Corps du commun, usages communs du corps», en Histoire du corps, op. cit., vol. 1, p. 111. Gilles Tétard, «Des saintes coprophages. Souillure et alimentation sacrée en Occident chrétien», en Françoise Héritier y Margarita Xanthakou, Corps et affects, París, Odile Jacobm 2004, pp. 353-364.
Catalina de Siena (3) declaró un día no haber comido nada tan deleitoso como el pus de los pechos de una cancerosa. Y entonces oyó como Cristo le hablaba: «Mi bienamada, has mantenido por mí duros combates y, con mi ayuda, has salido victoriosa. Nunca ma has sido tan querida ni tan grata [...]. No sólo has despreciado los placeres sensuales, sino que has vencido a la naturaleza al beber con alegría, por amor a mí, un horrible brebaje. Pues bien, dado que has realizado un acto que excede la naturaleza, quiero darte un licor que excede la naturaleza». (4)
(3) Santa Catalina de Siena (1347-1380): tras haber permanecido en rebeldía contra su familia, entró en religión en las hermanas de la Penitencia de Santo Domingo. Cultivó los éxtasis y las mortificaciones y fue canonizada en 1461.
(4) Gilles Tétard, «Des saintes coprophages», op. cit. p. 355.
Vemos lo lejos que en algunos casos se llevó el ideal de mortificar el cuerpo, flagelar la carne. En el caso de las flagelaciones, si bien supuestamente la justificación era acercarse a Dios por medio del sufrimiento, con el tiempo se descubrió un placer implícito (de carácter masoquista) inmerso en ello:
Tras haberse considerado un rito de mortificación que perseguía transformar el cuerpo odiado en un cuerpo divino, la flagelación fue asimilada a un acto de desenfreno. Sobre todo por el hecho de que los penitentes -metamorfoseados en adeptos de una sexualidad pervertida- optaban ya no por azotarse la espalda, como quería la antigua tradición, sino la totalidad del cuerpo, y en especial las nalgas, receptáculo por excelencia de una potente estimulación erótica. Por lo demás, experimentaban un placer extremo en dejarse flagelar y azotar por sus íntimos.
En 1700, en su Histoire des flagellants, Boileau subrayó que la flagelación era «sexual» puesto que la «disciplina de la parte inferior [las nalgas] había sustituido a la de la parte superior [la espalda]». Y, para estigmatizarla como una desviación -y ya no sólo como un vicio, en el sentido cristiano del término-, se apoyaba en una obra médica, la primera en su género, dedicada a «el uso de los golpes en materia de sexo». Pero sobre todo denunciaba su feminización, ya que, según afirmaba, por entonces era practicada en secreto en los conventos de mujeres.
De la parte superior a la inferior, y luego de Sodoma a Gomorra, la flagelación, antes acto purificador, ya no era, pues, sino una práctica de placer, centrada en la exaltación del yo. Y fue en esta forma como se generalizó en el siglo XVIII entre los libertinos: Sade, uno de sus más fervientes adeptos, la asociaba con la sodomía.
En fin... A mí me da la impresión de que las autoridades religiosas validaban el flagelamiento cuando lo asociaban con sufrimiento. En cambio lo vieron mal en cuanto se puso en evidencia que podía conducir al placer... «Un ser humano disfrutando de placer, ¡Dios mío, evitémoslo!»...
Al margen de las referencias citadas arriba en las notas, la fuente principal de este post es el libro "Nuestro lado oscuro", de Élisabeth Roudinesco. Editorial Anagrama, 2009. Los dos primeros párrafos rojizos aparecen en la página 28, mientras que los otros tres párrafos rojizos aparecen en las páginas 36 y 37.
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lunes, 4 de mayo de 2009
jueves, 26 de marzo de 2009
¿Sería razonable legalizar en determinadas circunstancias la necrofilia y el canibalismo?
Para mí es obvio que en determinadas circunstancias sí sería razonable. Si nos dejamos llevar por los prejuicios naturalmente que todo esto parecerá un disparate, pero si analizamos estos temas con fría neutralidad, valiéndonos de una racionalidad imperturbable, podremos captar algunos matices diferentes. Armados con la razón podemos mirar directamente a los ojos de estas desviaciones, sin perder la compostura ante el horror desatado por nuestros prejuicios.
Llamaré desviaciones tanto a la necrofilia como al canibalismo (usando el término desviación con una intención estadística -se desvía de lo estadísticamente normal en la población- y no con connotaciones prejuiciosas).
Creer que la necrofilia o el canibalismo son tabús acerca de los cuales no hay margen para debatir, es una creencia no sólo prejuiciosa, sino que tiene la misma poca importancia racional que las creencias religiosas: es un asunto de fe, entendida la palabra fe en este caso como creencia irracional. O sea, llamo fe a las creencias que no se sostienen por argumentos racionales, sino por otros motivos (religiosos, emocionales, prejuicios culturales, etc).
¿Qué tenemos contra la necrofilia? Generalmente lo primero que nos sucede es que nos da asco (en realidad el asco no es un argumento racional). Pero imaginemos que existen personas a las que no les da asco rozarse con cadáveres. ¿Podemos negarles que sigan sus inclinaciones? En la práctica sí: nuestras mentes buscarán justificaciones para frenar esas acciones "saturadas de horror". Nuestra mente sugerirá que es una falta de respeto a la persona fallecida; que la persona fallecida al no poder dar su consentimiento estaría, en cierto modo, siendo violada "póstumamente".
Bien, lo anterior es comprensible. Pero supongamos el caso de que una persona en posesión de sus facultades mentales normales (descartamos a los deficientes mentales, a los psicóticos, etc) decidiera donar su cuerpo cuando fallezca. Hay quienes donan su cuerpo a la ciencia (habitualmente a las facultades de medicina). ¿Y si alguien deseara donar su fallecido cuerpo a un necrófilo o a un club de necrófilos? Imaginemos ese caso. Muchos dirían que sólo una persona loca podría hacer eso. Pero es erróneo descartar con la etiqueta "locura" aquello que desafía nuestros prejuicios.
¿Qué motivos tendría una persona sana para donar su cuerpo a un club de necrófilos? Ciertamente se me ocurren varios: para hacer un último chiste; para desafiar a aquellos criticones que pretenden prohibir todo aquello que no concuerda con sus prejuicios; por amor a algún necrófilo conocido que hubiera salido "a tiempo" del armario de los necrófilos (jejeje); incluso por un mero capricho. Después de todo, ¿acaso no cabe dudar también del estado mental de aquellos que se vuelcan con otros sucesos más admitidos? Por ejemplo, ¿acaso no podemos dudar del estado mental de quienes se privan de placeres por miedo a un más allá infernal tras la muerte, o por deseo de una recompensa de paraíso celestial? Quizás podemos dudar del estado mental de tales personas (que son millones y millones), pero eso serían también prejuicios. Y me parece más generoso permitir a estas personas ("religiosas") privarse de placeres por creencias determinadas: tienen derecho a hacer lo que quieran con sus vidas, incluso a ser masoquistas pasivos (eso es privarse del placer). Del mismo modo, los necrófilos también tienen derecho a hacer lo que quieran con sus vidas siempre que no se entrometan en la vida de nadie sin previo consentimiento. Y si un "alma" generosa se ofrece a donar su cuerpo para la causa, una vez haya fallecido... ¿dónde estaría el problema aparte de en los prejuicios culturales? ¡Pues eso!
Por otro lado la necrofilia ofrece un surtido de variedades y, como cualquier otra práctica, algunas de ellas más suaves: la atracción sexual hacia un cadáver recien fallecido, por ejemplo. De hecho esto no es algo tan lejano a algunas personas. Imagina a la actriz que más te guste físicamente. ¿Sentirías alguna excitación, por pequeña que sea, si ella aceptara tener sexo contigo estando dormida? (por ejemplo, ella podría tener ese capricho, de drogarse y que alguien la poseyera, y te ofreciera ser tú el elegido). Bien, pues si eso te excita lo más mínimo, esa imagen tiene un pequeño punto de contacto con la necrofilia. La misma actriz recién fallecida sería una situación semejante, incluso en la temperatura del cuerpo (que a continuación iría descendiendo); diferirían ante todo en la falta de respiración.
Otro tipo de necrofilia es sentir excitación sexual ante una mano de muerto (o cualquier parte del esqueleto), o al pensar en ello. En fin, lo que está claro es que en una pareja necrófila, la persona muerta nunca va a experimentar ningún dolor ni trauma. Y la persona viva es el necrófilo: él sabrá lo que hace...
Por otro lado existe la necrofilia "light", por ejemplo aquellas personas que sienten excitación ante la muerte o la violencia, incluida la que ven en las películas, videojuegos, etc. Millones de personas son necrófilos "light" sin saberlo o haberlo pensado seriamente...
Con el canibalismo también hay muchos prejuicios. Supongamos también el caso de que una persona con la posesión normal de sus capacidades mentales dona su cuerpo (cuando muera) a un club de necrófilos, pero pide como condición que después de mantener relaciones sexuales, se lo coman. O dona su cuerpo directamente a un club de caníbales. ¿Los motivos? Esta persona los sabrá... eso es algo íntimo. Quizás quiera contribuir con su cuerpo fallecido a alimentar al mundo, incorporándose a otras personas. Esto no me parece más ni menos horroroso que la donación de órganos, que viene a ser lo mismo. El matiz es que donar órganos tiene una función utilitaria, mientras que ofrecer el cuerpo como alimento más bien es una donación por placer (excepto si retrocediéramos a las épocas de escasez de alimentos). Sin embargo, ¿qué hay de malo en que haya una motivación de placer? Con la homosexualidad y la heterosexualidad hay una relación semejante: la heterosexualidad es más "utilitaria" (considerando la reproducción como algo "útil") mientras que la homosexualidad podría motivarse a menudo por un deseo de placer (dejemos el amor aparte, como cuestión semi-religiosa jejeje... o de lo contrario tendré que escandalizar diciendo que también hay amor en las relaciones caníbales y necrófilas).
Sospecho que el canibalismo y la necrofilia se prohíben no por argumentos racionales, sino por mera repugnancia irracional. Y la repugnancia no es un motivo racional que justifique el prohibir a los necrófilos y a los caníbales que hagan sus vidas como prefieran, siempre y cuando no dañen a nadie sin previo consentimiento.
Hay mucha más tela que cortar, pero lo voy a dejar casi aquí. Sólo mencionaré un par de cosas más. Imaginemos que alguien (siempre hablo de alguien en posesión de sus facultades mentales normales) dona su mano a un caníbal, no tras la muerte sino en vida. La mayor parte de la sociedad protestaría con horror, pero eso son prejuicios, ¿qué argumento racional hay para prohibir a dos personas que deciden cortarse y compartir sus respectivas manos? (Lo mismo podría hacerlo una sola persona: un caníbal cortándose y cocinando su propia mano, lo cual suena a incesto caníbal, pero tampoco veo nada malo contra el incesto, prejuicios aparte). El prejuicio proviene quizás en parte de que nos ponemos en su lugar; y nos duele pensar en que fuese nuestra mano. Pero si esa persona tiene otra idea al respecto... y tratándose de su mano, de su propio cuerpo... ¿por qué tenemos que meter nuestras narices en su vida? Y lo mismo me vale cuando metemos nuestras narices a la hora de prohibir el tabaco (salvo que el motivo sea el humo, ya que eso sí nos afectaría) o las drogas, o el nudismo, o cualquier actividad donde uno haga algo sin dañar a otros (¡al menos sin previo consentimiento!), incluso si uno decide dañarse a sí mismo (como sucede al fumar).
Conclusión: la mía ya la sabéis. La vuestra...
Llamaré desviaciones tanto a la necrofilia como al canibalismo (usando el término desviación con una intención estadística -se desvía de lo estadísticamente normal en la población- y no con connotaciones prejuiciosas).
Creer que la necrofilia o el canibalismo son tabús acerca de los cuales no hay margen para debatir, es una creencia no sólo prejuiciosa, sino que tiene la misma poca importancia racional que las creencias religiosas: es un asunto de fe, entendida la palabra fe en este caso como creencia irracional. O sea, llamo fe a las creencias que no se sostienen por argumentos racionales, sino por otros motivos (religiosos, emocionales, prejuicios culturales, etc).
¿Qué tenemos contra la necrofilia? Generalmente lo primero que nos sucede es que nos da asco (en realidad el asco no es un argumento racional). Pero imaginemos que existen personas a las que no les da asco rozarse con cadáveres. ¿Podemos negarles que sigan sus inclinaciones? En la práctica sí: nuestras mentes buscarán justificaciones para frenar esas acciones "saturadas de horror". Nuestra mente sugerirá que es una falta de respeto a la persona fallecida; que la persona fallecida al no poder dar su consentimiento estaría, en cierto modo, siendo violada "póstumamente".
Bien, lo anterior es comprensible. Pero supongamos el caso de que una persona en posesión de sus facultades mentales normales (descartamos a los deficientes mentales, a los psicóticos, etc) decidiera donar su cuerpo cuando fallezca. Hay quienes donan su cuerpo a la ciencia (habitualmente a las facultades de medicina). ¿Y si alguien deseara donar su fallecido cuerpo a un necrófilo o a un club de necrófilos? Imaginemos ese caso. Muchos dirían que sólo una persona loca podría hacer eso. Pero es erróneo descartar con la etiqueta "locura" aquello que desafía nuestros prejuicios.
¿Qué motivos tendría una persona sana para donar su cuerpo a un club de necrófilos? Ciertamente se me ocurren varios: para hacer un último chiste; para desafiar a aquellos criticones que pretenden prohibir todo aquello que no concuerda con sus prejuicios; por amor a algún necrófilo conocido que hubiera salido "a tiempo" del armario de los necrófilos (jejeje); incluso por un mero capricho. Después de todo, ¿acaso no cabe dudar también del estado mental de aquellos que se vuelcan con otros sucesos más admitidos? Por ejemplo, ¿acaso no podemos dudar del estado mental de quienes se privan de placeres por miedo a un más allá infernal tras la muerte, o por deseo de una recompensa de paraíso celestial? Quizás podemos dudar del estado mental de tales personas (que son millones y millones), pero eso serían también prejuicios. Y me parece más generoso permitir a estas personas ("religiosas") privarse de placeres por creencias determinadas: tienen derecho a hacer lo que quieran con sus vidas, incluso a ser masoquistas pasivos (eso es privarse del placer). Del mismo modo, los necrófilos también tienen derecho a hacer lo que quieran con sus vidas siempre que no se entrometan en la vida de nadie sin previo consentimiento. Y si un "alma" generosa se ofrece a donar su cuerpo para la causa, una vez haya fallecido... ¿dónde estaría el problema aparte de en los prejuicios culturales? ¡Pues eso!
Por otro lado la necrofilia ofrece un surtido de variedades y, como cualquier otra práctica, algunas de ellas más suaves: la atracción sexual hacia un cadáver recien fallecido, por ejemplo. De hecho esto no es algo tan lejano a algunas personas. Imagina a la actriz que más te guste físicamente. ¿Sentirías alguna excitación, por pequeña que sea, si ella aceptara tener sexo contigo estando dormida? (por ejemplo, ella podría tener ese capricho, de drogarse y que alguien la poseyera, y te ofreciera ser tú el elegido). Bien, pues si eso te excita lo más mínimo, esa imagen tiene un pequeño punto de contacto con la necrofilia. La misma actriz recién fallecida sería una situación semejante, incluso en la temperatura del cuerpo (que a continuación iría descendiendo); diferirían ante todo en la falta de respiración.
Otro tipo de necrofilia es sentir excitación sexual ante una mano de muerto (o cualquier parte del esqueleto), o al pensar en ello. En fin, lo que está claro es que en una pareja necrófila, la persona muerta nunca va a experimentar ningún dolor ni trauma. Y la persona viva es el necrófilo: él sabrá lo que hace...
Por otro lado existe la necrofilia "light", por ejemplo aquellas personas que sienten excitación ante la muerte o la violencia, incluida la que ven en las películas, videojuegos, etc. Millones de personas son necrófilos "light" sin saberlo o haberlo pensado seriamente...
Con el canibalismo también hay muchos prejuicios. Supongamos también el caso de que una persona con la posesión normal de sus capacidades mentales dona su cuerpo (cuando muera) a un club de necrófilos, pero pide como condición que después de mantener relaciones sexuales, se lo coman. O dona su cuerpo directamente a un club de caníbales. ¿Los motivos? Esta persona los sabrá... eso es algo íntimo. Quizás quiera contribuir con su cuerpo fallecido a alimentar al mundo, incorporándose a otras personas. Esto no me parece más ni menos horroroso que la donación de órganos, que viene a ser lo mismo. El matiz es que donar órganos tiene una función utilitaria, mientras que ofrecer el cuerpo como alimento más bien es una donación por placer (excepto si retrocediéramos a las épocas de escasez de alimentos). Sin embargo, ¿qué hay de malo en que haya una motivación de placer? Con la homosexualidad y la heterosexualidad hay una relación semejante: la heterosexualidad es más "utilitaria" (considerando la reproducción como algo "útil") mientras que la homosexualidad podría motivarse a menudo por un deseo de placer (dejemos el amor aparte, como cuestión semi-religiosa jejeje... o de lo contrario tendré que escandalizar diciendo que también hay amor en las relaciones caníbales y necrófilas).
Sospecho que el canibalismo y la necrofilia se prohíben no por argumentos racionales, sino por mera repugnancia irracional. Y la repugnancia no es un motivo racional que justifique el prohibir a los necrófilos y a los caníbales que hagan sus vidas como prefieran, siempre y cuando no dañen a nadie sin previo consentimiento.
Hay mucha más tela que cortar, pero lo voy a dejar casi aquí. Sólo mencionaré un par de cosas más. Imaginemos que alguien (siempre hablo de alguien en posesión de sus facultades mentales normales) dona su mano a un caníbal, no tras la muerte sino en vida. La mayor parte de la sociedad protestaría con horror, pero eso son prejuicios, ¿qué argumento racional hay para prohibir a dos personas que deciden cortarse y compartir sus respectivas manos? (Lo mismo podría hacerlo una sola persona: un caníbal cortándose y cocinando su propia mano, lo cual suena a incesto caníbal, pero tampoco veo nada malo contra el incesto, prejuicios aparte). El prejuicio proviene quizás en parte de que nos ponemos en su lugar; y nos duele pensar en que fuese nuestra mano. Pero si esa persona tiene otra idea al respecto... y tratándose de su mano, de su propio cuerpo... ¿por qué tenemos que meter nuestras narices en su vida? Y lo mismo me vale cuando metemos nuestras narices a la hora de prohibir el tabaco (salvo que el motivo sea el humo, ya que eso sí nos afectaría) o las drogas, o el nudismo, o cualquier actividad donde uno haga algo sin dañar a otros (¡al menos sin previo consentimiento!), incluso si uno decide dañarse a sí mismo (como sucede al fumar).
Conclusión: la mía ya la sabéis. La vuestra...
miércoles, 4 de febrero de 2009
Vídeo de una profesora acostándose con un alumno de 18 años
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lunes, 19 de enero de 2009
El bien, el mal y la 'personalidad disidente'
Para mí el bien y el mal no son algo objetivo sino que dependen del punto de vista subjetivo de cada persona o sociedad. A menudo tienen que ver simplemente con las costumbres dentro de una determinada sociedad o cultura.
En una región y época determinada predomina una corriente moral mayoritaria (producida por diversas influencias como la religión, la educación, los libros, la moda, etc). Dentro de cada sociedad hay quienes están muy apegados a la corriente moral predominante; y también hay quienes están menos marcados por esa corriente predominante. A los individuos más independientes les influye muy poco la moral predominante y se podría decir que son amorales (no comparten la moral comunitaria), o simplemente que sienten su propia moral individual.
Por ejemplo, no hace tanto tiempo que en cierta cultura se consideraba que la mujer no debía trabajar (se entiende que se referían a trabajar fuera de casa) y era la convicción predominante de esa época. Hoy día sin embargo a la mayoría le parece bien que la mujer trabaje. Otro ejemplo son las costumbres en el vestir, como la altura a la que se consideraba correcta la falda de una mujer (por encima del tobillo llegó a parecer indecente en su día).
Como vemos, en ocasiones la moral predominante va cambiando con el tiempo. Aunque no siempre: generalmente se considera "malo" matar. Aunque se admiten numerosas excepciones: matar por la patria (la guerra), matar animales ("a fin de cuentas no son de los nuestros", parecen pensar), o la existencia de la pena de muerte en algunos países. En general podríamos decir que se ve bien matar cuando se hace con el respaldo de la mayoría de la comunidad (guerras, etc).
La personalidad disidente consiste en no dejarse llevar demasiado por la moral predominante en una determinada época. Las personas con personalidad disidente conocen la moral grupal y la siguen en sus acciones si es conveniente, pero interiormente tienen su propio criterio que a menudo difiere bastante de la moral de moda. Cuando expresan con su conducta esta divergencia de parecer, resulta chocante. En los casos de una discrepancia "ligera", como podría ser la convención acerca de la altura decente de una falda, la actitud divergente a menudo es tomada como sana rebeldía y es admirada por algunas personas. Si la discrepancia es abismal, por ejemplo si toca algún tabú "intocable" como por ejemplo la muerte, entonces generalmente queda incluso fuera de la ley y el resultado es calamitoso e inaceptable para cualquier persona decente (son los que siguen la moral predominante, o al menos las fundamentales: las leyes).
Las leyes son también subjetivas, son costumbres reglamentadas. Son útiles especialmente para las personas necesitadas de reglas (en este sentido podríamos hablar también de una personalidad sumisa, que tienen las personas que necesitan de reglas bien claras por las que regirse, para así sentirse integrados y saber a qué atenerse dentro de una sociedad determinada).
En una región y época determinada predomina una corriente moral mayoritaria (producida por diversas influencias como la religión, la educación, los libros, la moda, etc). Dentro de cada sociedad hay quienes están muy apegados a la corriente moral predominante; y también hay quienes están menos marcados por esa corriente predominante. A los individuos más independientes les influye muy poco la moral predominante y se podría decir que son amorales (no comparten la moral comunitaria), o simplemente que sienten su propia moral individual.
Por ejemplo, no hace tanto tiempo que en cierta cultura se consideraba que la mujer no debía trabajar (se entiende que se referían a trabajar fuera de casa) y era la convicción predominante de esa época. Hoy día sin embargo a la mayoría le parece bien que la mujer trabaje. Otro ejemplo son las costumbres en el vestir, como la altura a la que se consideraba correcta la falda de una mujer (por encima del tobillo llegó a parecer indecente en su día).
Como vemos, en ocasiones la moral predominante va cambiando con el tiempo. Aunque no siempre: generalmente se considera "malo" matar. Aunque se admiten numerosas excepciones: matar por la patria (la guerra), matar animales ("a fin de cuentas no son de los nuestros", parecen pensar), o la existencia de la pena de muerte en algunos países. En general podríamos decir que se ve bien matar cuando se hace con el respaldo de la mayoría de la comunidad (guerras, etc).
La personalidad disidente consiste en no dejarse llevar demasiado por la moral predominante en una determinada época. Las personas con personalidad disidente conocen la moral grupal y la siguen en sus acciones si es conveniente, pero interiormente tienen su propio criterio que a menudo difiere bastante de la moral de moda. Cuando expresan con su conducta esta divergencia de parecer, resulta chocante. En los casos de una discrepancia "ligera", como podría ser la convención acerca de la altura decente de una falda, la actitud divergente a menudo es tomada como sana rebeldía y es admirada por algunas personas. Si la discrepancia es abismal, por ejemplo si toca algún tabú "intocable" como por ejemplo la muerte, entonces generalmente queda incluso fuera de la ley y el resultado es calamitoso e inaceptable para cualquier persona decente (son los que siguen la moral predominante, o al menos las fundamentales: las leyes).
Las leyes son también subjetivas, son costumbres reglamentadas. Son útiles especialmente para las personas necesitadas de reglas (en este sentido podríamos hablar también de una personalidad sumisa, que tienen las personas que necesitan de reglas bien claras por las que regirse, para así sentirse integrados y saber a qué atenerse dentro de una sociedad determinada).
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